Que no me da la gana pasar media vida buscando esa frase que tal vez ni exista - Extremoduro.
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Le dije: monta que te llevo al sol. Me dijo: ¡qué tontería, arderás!

miércoles, 13 de octubre de 2010 by Chio Eme
Si la mirabas directamente a los ojos, podías ver el gran saco al que iban a parar todas sus preocupaciones reflejado en sus pupilas, abiertas ya al máximo para apurar todo el espacio posible. Aquel día soplaba una brisa de viento de otro lugar, cálida pero desconocida. Agradecía los días como aquél, en los que, habiendo abusado ya de muchos refugios, el viento le traía un aire distinto, renovador... pero confusamente misterioso.
Cualquier desequilibrio o cambio de acidez de su mar interno le provocaba un ligero mareo. Notaba al instante cuándo su piel estaba fría en exceso o cuándo su estómago se movía de manera atípica. Su estómago; el siempre gran perjudicado. Todos los malestares se pasaban siempre a él, de hecho, había llegado un momento en que todos los sentimientos los procesaba y sentía a través de él.
Las aspas de su molino estaban algo inquietas, expectantes; esperando la orden de su dueña para ponerse en marcha. Notaban aquella brisa de viento, pero al no recibir órden alguna de moverse, luchaban como podían por no sucumbir a la brisa y desobedecer a su dueña. No entendían por qué tenían que luchar contra el viento, simplemente se limitaban a acatar órdenes, aunque adorasen el fluir natural del dejarse llevar por él. De ese modo, permanecieron quietas, muy quietas, casi inexpresivas, luchando contra su propia naturaleza. Ya había ocurrido, en muchas otras ocasiones, que se habían tomado la señal de vía libre al pie de la letra. Al final, de girar con tanta fuerza, con movimientos descoordinados y carentes de sentido, algún aspa había salido disparada perdida en combate. Aunque siempre, mágicamente, al llegar esa cálida y desconocida brisa, era automáticamente repuesta por otra, dispuesta a correr el mismo riesgo; a jugársela más que las demás apostando de lleno por el giro que le indicaba el viento.
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Time is running out

sábado, 21 de agosto de 2010 by Chio Eme
Hay algo que resplandece en las preocupaciones importantes. Es algo que destaca, con cierto brillo, para que no tengamos duda en catalogarlas como de gran peso.
En cuanto comienza a chispear uno se irrita, y cuando lleva varios días el tiempo igual uno empieza a quejarse, por vicio, aunque ya haya visto, día tras día, que detrás de esas pequeñas gotas no tiene por qué venir una fuerte lluvia. Sin embargo, cuando un día de pronto el chispeo da paso a una gran tormenta, añoramos esos días de pequeñas, inconstantes y dispersas gotas, ya que como mucho nos encrespaban un poco el pelo. La tormenta nos inmoviliza, nos deja helados y con el cuerpo destemplado, con la sensación de que durante el rato que ésta dure sufriremos una inutilidad total. Si te pilla un diluvio de los grandes bien sabes que el paraguas hará entre poco y nada.
La tormenta puede durar horas, días... incluso meses y años. Arma mucho ruido para hacerse notar y para que no olvides su presencia. Muchas veces uno se acostumbra a ella: sabe al acostarse que cuando se despierte seguirá lloviendo, y sabe al levantarse que cuando se acueste volverá a pensar lo mismo. La tormenta se convierte en una segunda piel; se queda tan adherida a nuestro cuerpo que nos acomodamos en ella. Y no es que sea cómoda, simplemente se convierte en un elemento o signo más de nuestro entorno que nos indica que todo sigue en su sitio; así como desayunar, vestirnos o encender el ordenador y conectar con el mundo. Lo que en un principio se hacía insoportable termina por formar parte de la cotidianidad, hasta tal punto que el día que amanece soleado no nos damos ni cuenta.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que salió el sol? Diría que cada noche seguía escuchando las gotas de agua chocar contra el cristal de la ventana. Pero no me atrevería a jurarlo, igual que tampoco puedo asegurar que haya pensado en esa persona día sí día también, aunque no me quepa en la cabeza que haya sido de otra forma.
La tormenta no sólo hace ruido, sino que además arrasa con todo lo que encuentra a su paso: recuerdos, sensaciones, sonidos y rostros. Engaña a la memoria, pero me gusta pensar que no engaña a la patata, aunque no sea cierto, pues también lo hace. ¿A dónde van las cosas cuando uno las olvida? Ojalá hubiera una papelera de reciclaje en la que poder rescatar todas aquellas cosas que se han borrado in/voluntariamente. Pero no es así, no la hay, seguimos eliminando cosas para hacer hueco a otras ¿mejores o peores? No tenemos ni voz ni voto.
Me gustaría ver las cosas de otra forma, compartir ese dicho de que las cosas suceden por una razón, pero no lo consigo, y realmente sería mucho más confortable y calmante encontrarle un sentido a las cosas, pero en mi cabeza no tiene cabida eso, y me quedo con un amargo sabor de boca cuando toda la explicación que se me ocurre es un "porque sí y punto".
Es igual... todo sucede de la misma forma. Comienza una tormenta y en seguida puedes empezar a predecir cuándo habrá un relámpago o un trueno. Predecirlo, pero no evitarlo. ¿Y qué puedes hacer mientras? Aún recuerdo esa sala de espera esperando a que llegara aquel trueno, y me veo quieta, inmovilizada, sin hacer otra cosa que esperar a que acabara la tormenta, yendo cada dos por tres a mirar por la ventana para asegurarme de que estaba lloviendo, pues todavía no me lo podía creer... Después de tanto chispear, al final, llovía, con tanta fuerza que nos dejaría a todos aturdidos durante mucho tiempo.
Una vez que acaban los tiempos prohibidos uno se siente algo perdido: no sabe si sentirse mal, por haber dejado de afligirse, o si alegrarse por haber superado algo. Está claro que la opción correcta es la segunda, pero no es la fácil.
El caso es, que al salir el sol, vemos cosas que antes, al no estar iluminadas, no veíamos. Y vemos otras que antes apenas distinguíamos como una mancha borrosa. Y vemos todos los paraguas usados para pasar el chaparrón... y ahí siguen, a pie de cañón, dispuestos a pasar otra tormenta igual o peor que ésa sólo para ayudarte. Es hora de dejar de mojarse, y quitarnos las legañas para ver que se acabó el tiempo, las heridas están cicatrizando y es nuestro turno: tenemos que ser también paraguas para quienes nos necesiten.
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Y así me paso el día entero, estoy mejor que bien.

miércoles, 2 de junio de 2010 by Chio Eme
¿Qué significa seguir y alcanzar un sueño? Siempre me pregunto si de verdad existe gente que lo haga, que se ponga en mente una meta y no pare hasta conseguirla. Sé que sí, que gracias a Dios hay mucha gente que lo hace, pues o bien nacen con esa predisposición genética que les empuja a luchar, o bien sufren el famoso punto de inflexión que les cambia el modo de plantearse la vida. Siempre he querido situarme en lo segundo; pero aquí me hallo en estado de espera de ese punto, de ese cambio de chip o terremoto emocional.
Es sólo que me cuesta creer que los seres humanos tengamos tanto poder transformador en nuestro interior, pero el hecho de que haya gente que lo consiga sacar significa que ahí está, dentro de todos. Porque no creo que sea algo reservado tan sólo a unos pocos; simplemente, por las circunstancias que sean, algunos consiguen potenciarlo y otros ni se enteran de que eso exista.
Más de una vez he escuchado que todo está en el coco, en cómo decidas usarlo. Entonces, irremediablemente, llego a la conclusión de que debe ser que aún no he aprendido a usarlo bien, para qué engañarnos. Es como si una parte de mí me dictase a gritos la teoría, pero otra parte me arrastrara a la confusión de quien tiene un cubo de rubik y no sabe cómo resolverlo. Ahí está el material, pero no tengo la certeza plena de cómo utilizarlo.
Lo frustrante de los sueños es, sin duda, cuando crees haber luchado por ellos y te ves tirado en el suelo sufriendo una derrota. Sé que es difícil que algo salga bien a la primera, pero no soy precisamente un ejemplo de superación y coraje, sino más bien de cobardía y debilidad, pues rendirse a la primera deja bastante que desear. Hay que levantarse, y dicen que ahí está el mérito pero... qué abstracto todo. En seguida embarga la necesidad de replanteárselo todo: ¿y si no valgo para esto? ¿y si ése era el máximo que puedo alcanzar y visto lo visto no es suficiente? ¿y si...? Te cuestionas seriamente que, si creías que habías estado usando el coco, intentando desarrollar ese poder transformador para conseguir una meta, entonces, ¿eso es todo? ¿no das para más?
Tonterías, supongo. Sólo se me viene una frase a la cabeza, que es la que debería prevalecer sobre todo esto: no esperes conseguir experiencia sin errores. Pero qué fácil es decirlo.
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¿Dónde se han quedao tus sueños? Tienes el alma desnuda.

martes, 16 de febrero de 2010 by Chio Eme
Dando un paseillo por el blog de Paulo Coelho (a quien admiro enormemente) me he encontrado con esta increíble, y cierta, reflexión:

"Whenever we need to make a very important decision it is best to trust our instincts, because reason usually tries to remove us from our dream, saying that the time is not yet right. Reason is afraid of defeat, but intuition enjoys life and its challenges."

Viene a significar algo así:
"Cuando necesitemos tomar una decisión muy importante, es mejor que confiemos en nuestros instintos, porque la razón suele intentar alejarnos de nuestro sueño, diciendo que aún no es el momento adecuado. A la razón le asusta perder, pero la intuición disfruta la vida y sus desafíos."

Sin duda creo que esta afirmación tiene un carácter esencial, fundamental y, como todo lo fundamental, suele pasar inadvertido, es fácil de olvidar.
Últimamente no paro de preguntarme acerca de los sueños, las metas. Dícese de todo aquello que nos mueve a luchar, que actúa como motor interno. Esas ideas que le dan el toque de sentido a lo que hacemos.
Soñar es gratis, ése es casi siempre el problema. Aspirar a coger en brazos a un elefante, siendo una diminuta hormiga. ¿Que nada es imposible? Bueno, lo cierto es que siempre he sido muy negativa con respecto a este supuesto. Negativisimo o comodidad. A veces no se me da bien distinguir uno de otro.
Está bien tener sueños, ser ambiciosos, ilusionarnos; pero resulta frustrante cuando no sabes cómo llevarlos a cabo. Me siento como una tremenda mentirosa cada vez que me digo esto, ¿acaso trato de convencerme a mí misma de algo? Quizá lo único que hay que hacer es lanzarse, de lleno, de cabeza, a la piscina. Porque otro principio esencial es el del "nunca sabes de lo que eres capaz hasta que lo intentas"; pues sí, no te digo yo que no. Por eso mismo siempre he resumido el problema de mi vida a la expresión m/e/m, que quiere decir algo así como miedo/excusa/miedo.
Todos los días me propongo sacar la bola de papel arrugado que guardo por algún rincón de mi mente; ese lugar donde un día debieron estar mis sueños, en el que ya apenas asomo la cabeza para no sentirme demasiado tentada a hacerlos. Tampoco es que haya sufrido demasiadas derrotas; creo que siempre he sufrido más intensamente el dolor que deja la intuición de la derrota que la derrota en sí misma. El miedo.
Ya no hago listas de sueños, sino listas de miedos. No sé qué cosas quiero hacer, sino las que no quiero hacer. No me decido a hacer nada, y si lo hago es siempre por descarte.
Instalada en esta desidia y esta ceguera tan inmensa, me prometo a mí misma que mañana seré luchadora, que me intentaré comer el mundo. Pero no se trata de intentarlo, sino de hacerlo. Si yo la teoría siempre me la he sabido bien; pero qué difícil es siempre la práctica... De lejos parece tan difícil que da hasta pereza imaginarla. Y si ni siquiera la imaginas, ¿cómo vas a realizarla? Yo y mi eterno problema: tener que repasarlo todo mentalmente 5.500 veces antes de llevarlo a cabo. Me cuesta darle vía libre a la espontaneidad, aunque lo intento.
De acuerdo, vamos a realizar el sueño, nuestro sueño. La actitud está tomada. Ahora, ¿qué sueño? A veces no sé si es que no se tiene tal sueño o si es que no se está lo suficientemente lúcido aún para visualizarlo.
O quizá sea sólo otra excusa, o miedo.


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Salir, beber, el rollo de siempre

lunes, 28 de diciembre de 2009 by Chio Eme
Siempre he sentido envidia por aquellos que tienen el don de coger un folio y un papel y plasmar sus problemas. Ese bolígrafo es su salida, su vía de escape, su cura. Desahogarse y soltar toda la mierda que nos rodea, que nos acecha y nos quiere succionar para que formemos parte de ella. Constituye, ciertamente, una sana y efectiva vía de escape, de evasión. Mi vida podría resumirse como vagos y reiterados intentos de ello. Lo siento, no siempre tengo la palabra exacta, ni la estructura perfecta, ni la idea original. No sé si he nacido con ese don, o si ese don existe, o en palabras de mi poeta favorito "que no me da la gana pasar media vida buscando esa droga que tal vez no exista". Me gusta soñar que lo poseo, que es real, que se pueden escribir las palabras exactas, el nombre exacto de las cosas; es una sensación bastante más frustrante de lo que parece.
Siento el deseo infinito de escribir algo bueno pero, ¿y quién decide si lo es? Amo todas las artes menos la mía, o a veces si la amo, porque la siento mía. Te preguntas si esa obra requiere tiempo, madurar, crecer, y te consuelas como puedes diciéndote que es cuestión de tiempo, de experiencia, que aún es pronto. Nunca he pensado, ni por asomo, que sea cuestión de práctica, y seguramente ahí tenemos uno de mis mayores errores, esa actitud "de sobrada" cuando no me siento así para nada en absoluto. Sólo soy una aprendiz, creo que todos lo somos, que para desahogarse recurre a la vía fácil: una buena noche de fiesta de desfase. Me disculpo de nuevo, porque no sé si es eso lo que debería hacer alguien que aspira a artista o quizá es, simplemente, mi modo de entender las cosas, mi percepción. No veo escribir, crear arte, como un modo de evasión, aspiro en realidad, como los grandes artistas y poetas (como si pudiera acaso yo codearme con ellos) a la esencia de las cosas. Esa frase tan típica y tan escuchada, que encierra el mundo mismo, si te paras a escucharla bien. Yo, tremenda hipócrita, que comenzó a escribir para desahogarse, tal y como lo estoy haciendo ahora, a mí me gustaría crear algo que no fuera esto. Me confieso adicta a la palabra escrita, al incesante sonido de las teclas del ordenador al escribir. Adicta. Pero, ¿a qué palabra?
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