Quiero no querer cambiar cada centímetro de mi cabeza, de mi ser, de mi forma de actuar o razonar en cada momento.
Quiero no querer gritarme, odiarme, no sentirme víctima de mis razocinios.
Quiero no sentir la necesidad de huir de donde sea cuando lo que busque en realidad sea escapar de mí misma y de mis juicios.
Quiero no ser como soy, pero al mismo tiempo quiero quererlo. Porque no quiero sentir mi propio rechazo y, con él, provocar el de los demás, o al menos así creerlo.
Quiero no sentir necesidad, lo que quiero es necesitarme.
Quiero quererme en cada una de mis facetas, naturales o provocadas. Pero, sobre todo, quiero no tener miedo de mí misma, de mis propios y escondidos deseos. Quiero encontrar la forma de aceptarlos, de materializarlos.
Quiero poder dormir sin recurrir a absurdas fantasías idílicas y no naturales a mi ser, pues quiero ansiar mis propios sueños, llegar a ellos directamente, sin florituras, sin caminos intermedios.
Quiero aprender a decir ¡NO! sin miedo, sin temor a que me rehúyan o se molesten.
Quiero estar segura del sentido y la razón de mis pasos, y no tener que parar a recodármelos. Quiero no tener que recordarme hacer las cosas, mis cosas, las que se supone ansío, por las que se supone vivo.
Y, más claramente, quiero querer esas cosas. Quiero querer lo que sea, lo que sea que me dicte la conciencia.
Quiero no esconderlo, quiero no concentrar mi atención en lo imposible y convencerme de que sea eso lo que quiero; no nos engañemos, probablemente lo sea, pero quiero dejar de usarlo como escudo, dejar de tener sólo eso en cuenta.
Dejar de querer tener lo imposible, pues con ello sólo busco no querer tener lo posible, pues lo posible es realizable, y lo realizable me asusta.
semillas amarillas, semillas rotas de nuevo.
Hace 7 años
