Pero lo siento igual, aquí, como si siguiese ardiéndome en el pecho. Como si la sangre le llegase a borbotones y lo irrigara hasta tal punto que se sintiese ebrio, borracho de oxígeno y de energía. Como si vida no le faltase, sino sobrase; como si ésta trasvasase sus finos y numerosos capilares, de uno a otro, de este otro a otro más lejano, sintiéndose desubicada, marginada, sin un sitio donde quedarse. Y sé que sigue ahí, me grita, me ensordece, me da más de lo que yo puedo procesar. Porque proceso, o quiero procesar, las cosas a corto plazo, desde hace poco. De pronto no soy capaz de ver más allá de esta noche, o de mañana. No puedo planear, ni aunque lo intente; es como si el cable que conectase esas órdenes con mi imaginación se hubiese roto. Supongo que es algo que ocurre cuando has pasado una temporada en la morada de la incertidumbre, de la nada, del profundo desconocimiento del terreno que pisas o pisarás. Porque hay cosas que no tiene sentido tratar de explicárnoslas a nosotros mismos; sólo pueden verse, sentirse, una vez que están en frente de nuestros sentidos. ¿Cómo le explicarías a un ciego el color azul? Del mismo modo, ¿cómo vas a pensar ahora en lo que tendrás o serás dentro de diez años si por saber ni siquiera sabes lo que vas a comer mañana? Lo encuentro absurdo, innecesario e inútil.
La vida no tiene ningún secreto. La meta de la vida, si es que existe, es simplemente estar siempre buscando las tentaciones. No hay muchas. Amén.